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Educar para la vida, es educar para la muerte.


Estamos acostumbrados a vivir de espaldas a la muerte. No nos enseñan a morir, y lo que es peor, a veces, no nos educan para vivir.


Hemos creado un sistema educativo de cifras y letras, de cuantificaciones y calificaciones, de primar los objetivos curriculares sobre los trasversales. La educación emocional es la base primordial del ser humano: aprender a comprender, conocer y gestionar nuestras emociones nos hará ser libres para decidir y actuar usando nuestra razón y emoción, sustentado el valor en la convicción de que hemos elegido el camino correcto.Hace años visioné un documental “pensando en los demás “donde un maestro, Toshiro Kanamori basaba la educación de sus alumnos en el respeto y la empatía. Un alumno cuenta a sus compañeros cómo ha perdido a su abuelita, y que a la hora de llevársela pusieron flores sobre su ataúd que la llevaron al crematorio, donde él estaba triste, después los compañeros se levantaban y le contaban las emociones que sentían. Tratar las emociones como la tristeza es un signo de fortaleza cognitiva, de avance neuronal en las nuevas fórmulas de realidad que los niños comienzan a crear.


Creer es crear. Y si seguimos creando niños de espaldas a la vida, niños sometidos a los caprichos inverosímiles de una sociedad consumista, abarrotada de estímulos fugaces que se desploman por sí mismo, estaremos creando generaciones de analfabetos emocionales.Me consta que esto está cambiando. Muchísimos maestros y maestras, educadores sociales, monitores, padres, colectivos sociales han apostado por la educación emocional, por liderar estrategias que, sin plañideras, hagan comprender la triple dimensión del ser humano: social, personal y holística-espiritual. Nos encontramos en el milenio emocional, el siglo de la toma de conciencia, el momento más importante de encontrarnos con nuestro dios interior, con nuestros pensamientos internos.


Eduquemos en que la vida es efímera, finita, y esa es la grandeza de la propia vida: que se puede vivir con la intensidad y la calidad de un volcán en erupción. La actitud mental positiva es la mayor arma que los padres pueden tener: Pero para eso debemos ser espejos en los que nuestros hijos se vean, se comparen, se contagien. Educar desde el amor. Y la vida, como la muerte, es amor


Estoy en la actualidad viviendo una de las experiencias de amor más grandes (probablemente la más) que he tenido en mi vida: Despedir a mi padre. Y lo estoy haciendo agradeciéndole todo y cada una de las cosas que me enseño. Pidiendo perdón y con la mayor de las compasiones. Me encuentro en paz conmigo mismo porque se me ha regalado la posibilidad de disfrutar de este momento. Quizás algunas personas no comprendan que use la palabra disfrutar, pero lo es cuando sabes que está teniendo una muerte digna, y eso, es un absoluto privilegio.Y honro su memoria viva aun en estos momentos porque él me ha enseñado que la vida es para vivirla entregando para de lo que tenemos a los demás, en su caso, siempre acompañando a los peregrinos…ayudando a los demás. Me han educado en la cultura de las emociones…Soy quien soy, por la educación que he tenido: Mis padres, mis primeros maestros, mi mentor Manuel Mosquera y todas las personas que han ido apareciendo en mi vida,


Aprovechad el momento, no dejéis de decir “Te quiero hasta que la boca te duela de repetirlo”. No dejes de besar a la gente que amas, de tocarlos y acariciarlos, sin miedo, que no muerden., Pide perdón cada vez que lo creas conveniente, La equivocación es un sistema de aprendizaje.Ama. Ama. Ama.Porque el amor construye el pensamiento, porque, desde la luz, podemos crear un mundo lleno de estados de conciencia positivos


Educar para la vida, es educar para la muerte

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